Por Melisa Maciel: Javier Milei avanza en la escena política nacional con discursos que calan hondo en la bronca popular hacia la precarización laboral y la pérdida de derechos. Sin embargo, detrás de sus declaraciones contra los sindicatos, existe una realidad paralela: la crisis profunda de la burocracia sindical que ha abandonado a las y los trabajadores.
Es innegable que muchas personas identifican a los sindicatos con prácticas alejadas del compromiso social, en especial cuando sus dirigentes llevan una vida alejada del cotidiano de quienes representan, adoptando costumbres cercanas a las de empresarios.
Estos dirigentes, definidos como “descamisados con camisas de seda” por Halperín, actúan como una columna del sistema capitalista, negociando salarios y condiciones laborales sin conocer ni vivir la experiencia real de los sectores que deberían defender.
Este grupo, anclado en estructuras heredadas y acuerdos tácitos, ha tolerado y favorecido formas de precarización laboral expandidas, como los contratos monotributistas y los planes sociales que precarizan aún más al trabajo, además de aceptar políticas y reformas laborales que afectan derechos fundamentales.
Su accionar incluye la ausencia de verdaderas asambleas, la manipulación electoral y la represión a trabajadores que intentan organizarse para frenar estas tendencias. Mientras justifican la falta de movilizaciones, sostienen beneficios y fondos que apuntalan las ganancias empresariales y complican la lucha genuina por mejores condiciones.
Un caso concreto de esta dramática realidad es el fallecimiento reciente de Cristian Pereyra, docente de escuelas técnicas en La Matanza. Cristian murió mientras trabajaba para una aplicación digital, complemento necesario a un salario que no le alcanzaba, además de enfrentar la inseguridad habitacional.
Es probable que la burocracia sindical busque atribuir esta tragedia exclusivamente a Milei, pero no se puede obviar la responsabilidad del gobierno provincial de Axel Kicillof, que mantiene una deuda inmensa con el pueblo y se niega a aplicar medidas progresistas necesarias, como el impuesto a las grandes fortunas, mientras empresas como Mercado Libre evaden impuestos y concentran riqueza.
SUTEBA, bajo la dirección de Baradel, acordó con la provincia aumentos mínimos, similares a los que propone Milei, en cuotas que no llegan a cubrir la pérdida salarial real. Esta situación obliga a docentes como Cristian a múltiples trabajos para llegar a fin de mes.
Esta realidad dolorosa se suma a la desprotección en salud que sufren los trabajadores educativos, agravada por deficiencias en servicios del IOMA, condiciones escolares deterioradas y la creciente carga laboral, condicionantes que impactan en la salud física y emocional del sector.
El testimonio de Adorni, expresando la sobreexigencia y el agotamiento, refleja la trampa en la que están atrapados los trabajadores, en alianzas ineficaces que permiten que un sistema agotado siga avanzando.
La clase trabajadora argentina está cautiva de un relato que sostiene a una dirigencia sindical cómoda, a gobiernos que miran hacia otro lado y a un empresariado que maximiza sus ganancias a costa de la mayoría.
En un contexto donde más del 91% de los hogares argentinos tienen deudas, y la pobreza aprieta a cada familia, discursos polarizantes poco aportan para transformar esta realidad urgente y dramática.
En este momento crucial, las palabras de Lenin resuenan poderosas: “las revoluciones no se hacen, se organizan”. La política debe avanzar hacia formas de autogobierno y plena participación de la sociedad, como ya muestran movimientos sociales en lugares como Catamarca y Rosario, donde docentes y trabajadores desafían la represión para reclamar condiciones dignas.
A pesar del miedo y la parálisis que intentan imponer las burocracias sindicales, la movilización y la lucha siguen siendo la única opción para cambiar este escenario.
Porque la vida y la dignidad de las y los trabajadores no pueden esperar más.
Melisa Maciel
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