Una reflexión crítica sobre el presente del peronismo bonaerense, la crisis de formación política y la necesidad de recuperar la doctrina, el debate y el protagonismo de las bases para que el pueblo vuelva a ser sujeto activo de la construcción política.
Por Luis Gotte – La trinchera bonaerense
Recientemente se llevaron a cabo elecciones internas dentro del Partido Justicialista en la provincia de Buenos Aires, que, más que un proceso democrático, parecen meros trámites burocráticos en un frente político con definiciones cada vez más difusas. En este proceso se eligieron autoridades y se distribuyeron cargos, entregándose "llaves" simbólicas que podrían abrirse en el futuro según lo permita la conveniencia política.
Así funciona la estructura política en los 135 municipios bonaerenses: espacios cerrados, locales con persianas bajas y militantes relegados a espectadores. Hace tiempo que los afiliados perdieron sus espacios de encuentro para debatir, disentir y formarse política y socialmente; el Partido Justicialista, que supo ser una escuela política y espacio de organización, sólo se reactiva unos 60 días antes de cada elección.
Este distanciamiento conduce a que dirigentes dejen de escuchar. Cuando un movimiento político abandona la escucha, también abandona la reflexión y el pensamiento crítico, pilares insustituibles para construir unidad y acción.
En ausencia de una doctrina sólida, no hay conducción genuina; sin conducción no hay organización, y todo se reduce a la mera distribución de cargos. Lo más grave es que muchos referentes actuales no han estudiado a fondo la doctrina peronista ni han pasado por instancias de conducción y formación política. En el mejor de los casos, conocen superficialmente las XX Verdades pero no las aplican en su accionar cotidiano.
Pero la crisis no es solo doctrinaria. Mientras el mundo debate la inteligencia artificial, la reorganización productiva, la soberanía tecnológica y los nuevos modelos globales, una parte importante de nuestra dirigencia sigue anclada en debates congelados en los años setenta, sin prepararse ni preparar a la sociedad para los desafíos que vienen.
No están atentos a la arquitectura panamericanista impulsada desde Estados Unidos ni con el necesario diálogo con los pueblos de la América Hispana. Tampoco abordan seriamente el municipalismo real, el federalismo efectivo ni la conducción territorial, porque no están formados para ello.
Este desconocimiento condena a nuestro pueblo a llegar tarde frente a los cambios globales, una tardanza que se prolonga y que debe revertirse con urgencia.
Surgió así una paradoja dolorosa: una generación dirigente que no crece y que para conservar su posición cierra las puertas a las nuevas generaciones. El verdadero relevo se ha perdido.
Cierran las puertas, el debate y la formación, bloqueando la renovación militante. No es sorpresa que los jóvenes se alejen, como en Mar del Plata, donde de 31 mil afiliados activos, solo 5 mil participaron en las últimas instancias electorales.
Nos aseguran que no hay salida, pero siempre la hay. De los laberintos se sale cambiando la perspectiva, usando el bastón de mariscal para señalar el camino. Como decía Leopoldo Marechal: "de los laberintos se sale por arriba".
El pueblo tiene derecho a crecer, formarse y pensar su futuro, sin depender de "llaves" partidarias ni intereses personalistas.
Porque cuando una conducción cierra puertas y deja de escuchar, la historia termina abriendo otras. Nuestro pueblo, como señalaba Raúl Scalabrini Ortiz, "es el hombre que está solo y espera".






